Un viaje por lo que nos hace sentir

Hay alegrías que no se buscan: simplemente aparecen, como si la vida las hubiera dejado ahí para recordarte que sigues sintiendo. A veces llegan en los momentos más inesperados, como cuando un sabor te transporta a un recuerdo que creías olvidado.

Esa alegría de alimentarte, que no solo nutre, sino que abraza; que se cuela en celebraciones, en tardes de lluvia, en reuniones improvisadas, en esos días en los que un simple antojo tiene el poder de cambiarte el ánimo. Es la alegría que huele a hogar, a compañía, a rituales que te sostienen.

Pero la vida también se escribe en decisiones pequeñas que parecen insignificantes y, sin embargo, te definen. Como cuando eliges qué ponerte para un día especial, o incluso para uno cualquiera. La alegría de elegir que aparece cuando te miras al espejo y reconoces tu esencia, cuando una prenda te hace sentir más tú, cuando decides cómo quieres caminar por el mundo. No es solo vestirte: es afirmarte, es contarte, es empezar una historia nueva cada vez que te preparas para salir.

Y luego están los caminos. Los que tomas por necesidad, por costumbre o por impulso. Los que te llevan lejos o apenas unas cuadras, pero que igual te mueven por dentro. La alegría de viajar, vive ahí: en el sonido del motor que anuncia un comienzo, en la ventana abierta que deja entrar el viento, en la sensación de libertad que aparece incluso en los trayectos cortos. Viajar no siempre es un destino; a veces es una emoción, un respiro, una forma de reencontrarte contigo mismo.

Entre todo eso, la vida también se permite caprichos. Pequeños placeres que no necesitan justificación: un regalo que te das porque sí, un detalle que te hace sonreír, un gusto que convierte un día común en uno especial. Esa es la alegría de antojarte, la que te recuerda que mereces sorprenderte, que la vida también se celebra en lo espontáneo, en lo dulce, en lo inesperado.

Y así, sin darte cuenta, estas alegrías se entrelazan como si siempre hubieran pertenecido al mismo relato. No son capítulos separados, sino hilos que se cruzan en distintos momentos de tu vida: en los comienzos, en los regresos, en los cambios de estación, en los días que marcan un antes y un después, y también en los que pasan sin ruido pero dejan huella.

Porque al final, cuando miras hacia atrás, descubres que la vida está hecha de eso: de sabores que te acompañan, de elecciones que te construyen, de caminos que te transforman y de detalles que te iluminan.

De instantes que se sienten, que se guardan, que se vuelven parte de ti.

Esa es, y siempre ha sido, ¡La alegría de vivir!

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